La conciencia estética reñida con la conciencia política, esta dura batalla se libraba en la mente y el corazón de José Martí, la noche en que se anunciaba la presentación de La Bella Otero.
La conmoción que esta mujer causaba en el animo de los hombres no le dejó fuera, el intelectual, el admirador de toda belleza vibraba en su fibra mas íntima con su arte por eso aunque estaba en la acera la bandera española contra cuyo poder su sentido libertario se revelaba el necesitaba entrar, verla, disfrutar del magnifico espectáculo que era aquella mujer que conmovía desde el tablao haciendo gemir con su ritmo, su cadencia y sus mágicos movimientos la esencia de toda masculinidad, así la describía, así se llenaba de su imagen, así la reflejo en palabras para la posteridad:
Versos Sencillos X: 1891
"La Bailarina Española"
El alma trémula y sola
Padece al anochecer:
Hay baile; vamos a ver
La bailarina española.
Han hecho bien en quitar
El banderón de la acera;
Porque si está la bandera,
No sé, yo no puedo entrar.
Ya llega la bailarina:
Soberbia y pálida llega:
¿Cómo dicen que es gallega?
Pues dicen mal: es divina.
Lleva un sombrero torero
Y una capa carmesí:
¡Lo mismo que un alelí
Que se pusiese un sombrero!
Se ve, de paso, la ceja,
Ceja de mora traidora:
Y la mirada, de mora;
Y como nieve la oreja.
Preludian, bajan la luz,
Y sale en bata y mantón,
La virgen de la Asunción
Bailando un baile andaluz.
Alza, retando, la frente;
Crúzase al hombro la manta:
En arco el brazo levanta;
Mueve despacio el pie ardiente.
Repica con los tacones
El tablado zalamera,
Como si la tabla fuera
Tablado de corazones.
Y va el convite creciendo
En las llamas de los ojos,
Y el manto de flecos rojos
Se va en el aire meciendo.
Súbito, de un salto arranca;
Húrtase, se quiebra, gira;
Abre en dos la cachemira,
Ofrece la bata blanca.
El cuerpo cede y ondea;
La bata abierta provoca,
Es una rosa la boca;
Lentamente taconea.
Recoge, de un débil giro,
El manto de flecos rojos:
Se va, cerrando los ojos,
Se va, como en un suspiro...
Baila muy bien la española,
Es blanco y rojo el mantón:
¡Vuelve, fosca, a su rincón
El alma trémula y sola!
Conozcamos un poquito mas a esta mujer que fue y es uno de los tantos mitos que marcaron la vida y la obra de nuestro Jose Marti.
La Bella Otero ( 1868-1965)

Cuando en la madrugada del 10 abril de 1965 murió la vieja loca solitaria que desde hacía años malvivía en una diminuta habitación de un antiguo hotel de Niza, nadie lloró. No hubo llantos, ni flores, ni bellos funerales, ni se derramó tinta en los diarios, ni los altos mandatarios del mundo llevaron luto ni público ni privado. No hubo hermosa nota necrológica ni hubo epitafio para la historia. Aún hoy, cuarenta y dos años después, en la sencilla tumba donde reposa la vieja sólo se lee C. Otero. A la mujer que un día fue, desde luego, no le hubiera gustado saber que así iba a ser el fin de sus días.
Agustina Otero Iglesias nació en noviembre de 1868, en un pequeño pueblo de Pontevedra donde el hambre y la pobreza eran más frecuentes que la felicidad; en uno de esos pueblos donde quien destaca, por una u otras causas, desata las iras enrabietadas del resto de los vecinos porque, en la triste existencia de éstos, lo único que se considera bueno es dejarse llevar, pasar desapercibido, con sobriedad y amargo silencio. En una de esas aldeas, en fin, de las que estaba llena la Galicia de mediados del siglo XIX. Y allí, la pequeña Agustina era una más. Una más de los hermanos Otero, hijos de madre soltera, que se hacinaban en una pequeña cabaña de apenas 40 metros cuadrados.
La pequeña Agustina dejó de ser una vecina de Valga (que así se llamaba su aldea) común cuando, con apenas diez años, un desalmado la abordó en un camino y la violó brutalmente, dejándola inconsciente y haciéndole sufrir una hemorragia que la tuvo al borde de la muerte durante varios días. El violador fue encarcelado, pero los pueblos como Valga solían caracterizarse, en la época, por ser maledicentes y brutos : si Agustina ya no era virgen, aunque tuviera diez años de edad, Agustina ya no tenía por qué ser respetada por nadie. Y los comentarios la hicieron madurar demasiado rápido.
Cuando un teatro de cómicos portugueses visitó las proximidades de Valga, una jovencísima Agustina vio la posibilidad de huir de las habladurías y del hambre. Con doce años, la niña ya era vistosa y bonita, y los cómicos la aceptaron bien. Bailaba como si el demonio se la llevase, por y para los hombres que continuamente iban en su búsqueda. En épocas de hambre, sobre todo después de dejar el circo ambulante, recurrir a la prostitución era algo que reportaba a Agustina mucho y muy fácil dinero.
Las correrías llevaron a la muchacha hasta Francia, el país de la libertad, de la Belle Èpoque, de la alegría de finales del XIX; y allí ideó la primera de las muchas mentiras : su nombre, a partir de entonces, sería Carolina. Ahora baila, petite!!. Ferdinand Bellini se enamoró de una Carolina Otero, a la sazón de 24 años, recién llegada a París con sus contundentes y casi perfectas medidas (97-53-92, según relató el mismo maestro), cuando tras esa orden la joven empezó a contorsionarse de forma exótica y sensual para él. Era el inicio de una carrera fulgurante por todos los cabarets de París, de una leyenda viva y tan sexual que muchos hombres se quitarían la vida por no obtener sus favores.

Pero la vida misma de Carolina era una invención. A medida de que fue conociendo el lujo y el dulce de la elegancia, de las fiestas de sociedad y del amor de los grandes mandatarios mundiales, sus mentiras fueron creciendo. Decía que había sido una condesa, que había sido víctima de un romántico secuestro y que desde pequeña alternaba en la corte del rey de España. Y tanto los franceses como los americanos, entre los que tuvo innumerables amantes, se lo creyeron.
Carolina bailaba, bailaba como las sirenas nadan en las profundidades del mar, como las serpientes, y entre tanto amaba. Por sus brazos pasaron multitud de hombres que la colmaron de deseos, joyas, dinero y placeres. La amó William Vanderbilt (y lo hizo por siempre); lo hizo Alberto de Mónaco, que la aficionó a la ostentosa vida de los casinos, Leopoldo de Bélgica, Alfonso XIII, el príncipe de Gales y el káiser Guillermo; el mismísimo zar de todas las Rusias Nicolás (el del destino aciago), el feísimo pero dadivoso barón de Ollstreder (ella llegó a decir : ¡no puede llamarse feo a un hombre que hace tan buenos regalos!), Boni de Castellane (el único hombre que la humilló), Aristide Briand, y tantos otros.

A finales de siglo, el nombre de Carolina se transformó, en los carteles, en La Bella Otero, la bailarina más deseada de toda aquella ciudad que pisase. Fue musa del Folies Bergère; reina de Moscú, actriz respetada y alabada en Inglaterra, en Estados Unidos, en medio mundo. José Martí le dedicó uno de sus poemas más conocidos (?) y el mundo se moría por verla actuar. Carolina lo daba todo sin ser de nadie ni de nada. Vestida con extravagante lujo de joyas auténticas y trajes imposibles, dejando ver su cuerpo con escuetos camisones transparentes de piedras preciosas engarzadas, la Bella era el espectáculo más hermoso que se pudiera contemplar en las postrimerías del revuelto siglo XIX.
¡Ah! … ¡pero incluso ella era humana!. Ella, que había tenido la vida de tantos hombres en sus manos, que los había vuelto locos para sacarles todo cuanto pudiera, que nunca había amado a nadie (ni amaría jamás), se convirtió en esclava del juego, de los casinos, de las ruletas, de las cartas, de Montecarlo, del color rojo al que, decían, siempre jugaba sin excepción. La Bella contaba, a sus treinta años en 1898, con una de las fortunas más importantes del mundo en aquellos momentos. Riqueza en joyas, en amantes, en dinero, en propiedades y en popularidad. Había llegado a alcanzar esa cantidad de posesión de dinero indignante, esa que hace tirarlo por aburrimiento y exceso de bienes en el haber de uno. De modo que Carolina empezó a jugar, que era lo único que le proporcionaba placer .. y que lamentablemente nunca la sació. Las cantidades de dinero que se movían en el Casino de Montecarlo cuando la Bella aparecía por allí con alguno de sus amantes y valedores llegaban a superar, como indicó el periodista Jacques Charles, el sueldo de un año entero del trabajo de una persona de clase media-alta … por hora.
Pronto se empezó a comentar que Carolina perdía demasiado dinero en aquellas correrías nocturnas que duraban, a veces, semanas enteras y que incluían a los más importantes personajes de la actualidad en aquel momento. Se dijo que, una noche, cuando aún era deseable y deseada, había ofrecido sus servicios sexuales a al menos once hombres presentes en el casino de París, donde había perdido millones de francos; media hora dedicada a cada uno.
En 50 años, los que transcurrieron del momento de punto álgido de su carrera hasta su ruina total, perdería cuarenta millones de dólares de la época … sólo en efectivo. Retirada en la Primera Guerra Mundial, con el deseo de que el mundo la recordara bella y joven, perdió su lujosa residencia en Niza, Villa Carolina, en 1948, cuando las deudas de juego ya apretaban tanto como el hambre que, de niña, la vida en Galicia le había dado.

Pero la Otero era orgullosa y altiva : rechazó con antipatía los ofrecimientos de ayuda que su familia le hizo desde allí; se negó a volver a España y sólo aceptó, en última instancia, la ayuda del Casino de Montecarlo. Agradecido (¿y cómo no estarlo?) por las cantidades que la Bella había dejado entre sus paredes en todos aquellos años, le financió, por el resto de sus días, la diminuta habitación en la que apenas cabía una cama, una mesilla, una pequeña cocina y un modesto baño y en la que, casi veinte años después, moriría Carolina.
Los periódicos la enterraron multitud de veces antes de la definitiva. Los vecinos nunca llegaron a entender la magnitud de fama y riqueza que había tenido aquella vieja loca que alimentaba a las palomas como única afición.
Los amantes murieron; las rivales también. Carolina tuvo una vida larga y sólo por unos años dichosa. El resto de su existencia, como todas las mentiras que dijo sobre ella, fue una mera invención, una sombra de algo que nunca fue. Lo último que pudo comprar fue su propia sepultura. A Carolina Otero, la bellísima gallega de movimientos sinuosos, la serpiente de cascabel española, la sirena de los suicidios; a la leyenda de la belleza suprema que nunca amó a nadie, no la recordaba nadie ya.

Carolina Otero increpando a un fotógrafo en los últimos años de su vida, en Niza
Danza sencilla
Poema (muy del posmoderno siglo) XXI
Por Alejandro Bogor Jiménez, poeta paisano.
A Carolina Otero, en su cumpleaños 140.*
(…) Baila muy bien la española:
Es blanco y rojo el mantón:
¡Vuelve, fosca, a su rincón
El alma trémula y sola!
José Martí:
Versos sencillos, New York, 1891.
(…) Und plötz lich ist er Flamme,
ganz und gar. (…)
und flammt nocht immer und ergiebt sicht nicht-. (…)
Rainer María Rilke:
La bailarina española,
París, junio de 1906. ↔
Dice una voz popular:
Bailar bien, cantar sencillo:
Del fondo, de su rincón
Salta sola hecha palabra
La valguesa en llamas. Labra
Como un incendio el mantón.
No danza la Bella Otero:
Viva, gira en cada letra,
Y arde más si la penetra
Este siglo zalamero.
Inflamadora del verso
Del cubano que padece,
Monta en Rilke y se le ofrece
Triunfal, rumbo al Universo.
Yo –u otro– doy el cantar (¡soy suyo!),
Y ella y yo: fusión, bandera Global.
Marca es de nuestra Era.
Nadie, pues, diga: ¡Soruyo!
Con baile al anochecer,
Sol guaseño, mar, montaña,
Dos pueblos…, ¿acaso extraña
Leude biblias tal mujer?
En París, New York,Galicia;
Tal Guantánamo y La Habana
Nombra el aire la campana
De su nombre sin malicia:
-¡Gallega, divina, humana:
Tu leyenda fogarina
Talla el alma como espina
Pirografiando su diana!
-Juega certera tu suerte
Un rizo de eternidad:
Escritura de verdad
Del nacimiento a la muerte.
-Ningún alcume, paisana,
Mancha tu ceja de mora
Que te inscribe tentadora
Donde la vida es más sana.
-Ni en Niza apagó tu pie
-Flor que fue en Ponte de Valga-,
El convite de tus nalgas
A salvo en sueño con fe.
-Siempre vuelves, Carolina:
En prosa, verso, suspiro;
Siempre fogoso el respiro
Del alma en la oreja fina.
El gesto cede y se extraña:
Ya sus pies pisan ceniza;
¡Sube al fondo, toda risa,
La bailaora de España!
Ritmo fácil, estribillo
Y algo más para quedar.
Guantánamo, domingo 10 de febrero de 2008.
Fuente: retazosdetuleyenda.wordpress.com
Carolina Otero , la Soledad de una Leyenda
10 de Abril de 1965, muere en Niza la mujer a quien D'Annunzio envió unos versos, el Zar Nicolás sus joyas, el pintor Renoir un retrato, Cornelius Vanderbilt le ofreció un yate y De Dion le regaló el último modelo de su automóvil. Sólo un puñado de palomas notarán su falta. Carolina Otero, habita encerrada en su apartamento en Niza y ya ha cumplido los noventa años.
La inquilina del segundo piso es una anciana de pelo blanco, de ojos negros profundos y gitanos pero inmensamente tristes. Sus facciones son nobles y correctas. Su andar cansado lento y difícil.
La anciana del segundo piso tiene las manos extremadamente delgadas tan finas que se trasparenta los huesos. Su mirada está detenida entre el desprecio y las lágrimas. Enredada siempre entre el reuma que la dobla y el orgullo que la mantiene viva y erguida.
Hace más de cincuenta años, la inquilina del segundo, la Bella Otero, la mujer que tenía los coches más elegantes que corrían por Los Campos Eliseos.
La inquilina del segundo piso es Doña Carolina Otero, la que regresaba de un paseo por el Bois de Boulogne. dueña de los caballos más hermosos de París, la bailarina española a quien los pintores de moda Baldini y Flameng, le decoraron los magníficos salones de su mansión, en la época que sus puertas se abrían en los días que daba fiestas y sus quince criados recibían a los invitados en la escalera.
La Bella Otero, desde que empezó a envejecer nadie consiguió fotografiarla, París Match le ofreció dinero, Jour de France, le suplico de rodillas, Tempo… pero nadie consiguió fotografiarla.
La Bella Otero, a la que el poeta D'Annunzio le mandó unos versos antes de ir a visitarla, por la que Eduardo VII viajaba de Londres a París con bastante asiduidad para hacerle visitas, por la que el Zar Nicolás de Rusia llegaba a la Estación del Este de incógnito con una joya de la corona para cada encuentro, la mujer de la que el Káiser Guillermo II presumía delante de todos los que lo rodeaban de su amistad. Esa mujer que conquistó París, el París triste de las modistillas y las señoras burguesas. Paseó delante de la joyería Cartier, en la Rue de la Paix, para mirar un collar de diamantes, que costaba quinientos millones de francos, expuesto en un escaparate de la joyería y diseñado en exclusividad para una española llamada Carolina Otero, que bailaba en los salones y sentaba a su mesa a lo mejor de la sociedad mundial.
Una mañana, una muchacha de Pontevedra llegaba a París. Había trabajado anteriormente como sirvienta en Santiago de Compostela. Su belleza era fascinante. Aprendió a bailar en un tiempo en que las bailarinas estaban de moda cuándo el siglo terminaba.

Un mediodía de mil novecientos catorce, La Bella Otero ofreció una comida a todas sus amistades. Mandó invitaciones a todas partes de Europa, todos le contestaron y su secretaria leía las cartas de aceptación. -¡Señora! también vendrá el Zar de todas las Rusias... Y unos días más tarde, una española, Carolina Otero, reunía en torno a ella a tres reyes, un emperador y al zar de todas las Rusias, en el café de la Paix.
Todo ocurría en la época en el que sir Frederick Ihouston visitaba el casino de Montecarlo, de moda en aquellos momentos. Sir Frederik acudía todas las noches, una noche cuando se acercó a una de las mesas de juego, se le desprendió un botón de la chaqueta y cayó al suelo, el crupier, que le conocía, le dijo:
-No es necesario que se moleste, sir Frederick, en recoger el Luís.
-¿Dónde lo coloco?... preguntó el crupier.
-Al rojo, siempre al rojo, contestó el sir.
Y, aquella noche sir Frederick, por un botón que se le cayó al suelo y que el crupier creyó que era un Luís, gano un millón de francos.

Eran los años pacíficos llenos de lujo y brillos que precedieron a la guerra mundial, una española que había sido sirvienta en Santiago de Compostela y bailarina en París jugaba también a la ruleta todas las noches en el casino de Montecarlo. Ella, era un producto de "la belle époque" asidua visitante del casino y de sobra conocida en todas las mesas.
-Mi resto, al treinta y cinco...
Carolina Otero jugaba fuerte, todos los jugadores se agolpaban alrededor de la mesa de La Bella Otero, se quedaban helados cuando ella hacía sus apuestas. Les parecía increíble que una mujer se jugase un millón de francos en una noche.
De 1900 a 1914, Carolina Otero se jugó y perdió la alucinante cantidad de treinta millones de francos oro. Hasta que todo acabó, Carolina había hipotecado sus joyas, sus propiedades, necesitaba continuamente del dinero para jugarlo en el casino.
Diez años después de su ruina, Andre de Fourquieres, un viejo amigo de Carolina de su época bella, fue al casino de Montecarlo, entró al despacho de el director y le dijo...
-Una antigua clienta se muere de hambre, necesita que la ayuden, no tiene ningún ingreso, se trata de Carolina Otero.
Su amigo Andre se marchó con un portazo y las manos vacías.
Llegue a Niza, para conseguir una entrevista y algunas fotos, una misión imposible, cinco años antes un compañero, periodista italiano y enviado especial, llegó a ponerse de rodillas ante La Bella Otero suplicándole que se dejase fotografiar.
-¡Nunca! fue la respuesta, contundente, sepa usted que nadie me vera así.
He alquilado una habitación en el hotel Saint-Louis para sorprenderla en su intimidad y ahora desde la ventana me sobrecoge su propia miseria. Todas las tardes a las cinco en punto, las contraventanas se cierran. Las palomas de acurrucan en los tejados próximos a la pensión y la vida termina para la mujer que tuvo el mundo a sus pies.
Estoy recopilando información para mi periódico y cada vez me entristece más su historia.
El otro día me contaron que, una vez fue invitada a asistir a la subasta de sus últimas joyas.
-¡No puede ser! -dijo- ; tiene que haber un error...
-¡Un brazalete de brillantes!...
y por sus ojos tristes, profundos y gitanos, pasaba un recuerdo, una tristeza...
-¡Unos pendientes de perlas!...
Una mujer anciana, enfundada en un abrigo gris y raído, con un sombrerito de fieltro en su cabeza, dejaba como hacen las palomas, volar su pensamiento.
A fuerza de sobornos, la portera del número 26 de la Rue D'Angleterre, accede a una entrevista, acudo a la portería y me recibe, me da la mano para saludarme y la tiene mojada... Y su lengua es larga como la de las porteras de los edificios parisinos, sobre todo cuando me habla de la inquilina de la habitación número 11, la del segundo piso.
- Me dice: Parece una gran señora, pero no se nota, paga difícilmente...
La inquilina del segundo piso es una anciana de pelo blanco, de ojos profundamente negros, gitanos y tristes. La portera del número 26 de la Rue D'Anglaterre escupe al hablar:
- Cuando sale a la calle por las tardes parece una emperatriz, pero no haga usted mucho caso, hace tres años le tuvieron que cortar el gas y la calefacción...
Por mis contactos con la portera conseguí conocer a su amiga Rosa, quién me informo que va a visitarla y a darle compañía, tres veces por semana. La principal misión de Rosa es realmente evitar las visitas.
-No quiere ver a nadie, me dice, comprenda que a Carolina le hubiera gustado morirse hace muchos años y no lo consiguió. La invito a desayunar en un café cercano y empieza a contarme algunas cosas.
-Hace cinco años, todas las tardes iba dentro de su abrigo gris, al promenade des Anglais y se sentaba en un banco frente al hotel Negresco. Nadie sabe lo que pensaría, pero en ese mismo hotel, La Bella Otero había tenido alquilada la habitación "de los príncipes". No puedo hacer nada más por usted, me dijo Rosa, es cuestión de suerte pero si monta guardia la vera salir por las mañanas al balcón...
Los que la ven salir de vez en cuando del número 26 de la Rue D'Angleterre dicen que es una anciana poco simpática, que no quiere conversación con nadie. Una mujer mayor a la que le molesta todo lo que le rodea.
Consigo entrevistar a la dueña de una panadería donde ella compra el pan. Me cuenta que cuando se hizo la película sobre su vida, por entonces La Bella Otero le dijo a María Félix (actriz mejicana y protagonista de la misma):
-No podía imaginar nunca que hubiera una mujer tan bonita capaz de representar mi vida.
La panadera me cuenta, que hace un año apenas sale de su casa. Sólo la panadera de la Rue de Belgrique sabe que existe. Sólo la portera del 26 de la Rue D'Angleterre sabe que en el piso segundo y la habitación número once vive una vieja de noventa años y que hace setenta era una artista famosa.
La mujer que dominó la "belle époque" no tiene amigos. Sólo las palomas vuelan hasta su ventana para recibir de sus manos un poco de pan mojado en agua.
-La mayoría de las veces, sigue contándome la panadera, compra el pan duro. Me dice que es para los pájaros, pero yo se bien que también es para ella... hace dos años, continua, iba todos los días a la Rue George Clemenceau a comer a un restaurante, el Saint-Michel, lugar de viejos artistas. Pero me dijo que la miraban mal, como si fuera un bicho raro y dejo de ir.
A fuerza de hacer guardia en la entrada de la casa de Carolina casi consigo colarme en su apartamento... Carolina, tiene la voz apagada y dolorosa de una persona que sólo usa la voz para quejarse. Cuando llegué a la puerta de su habitación y llamé, salió a entreabrirla una anciana de pelo blanco y con gafas, desde el primer momento la voz de La Bella Otero se dejó oír:
- Fermez..., fermez..., fermez...
Sólo las palomas que todas las mañanas se posan en las aceras de la calle Inglaterra, saben que en el piso segundo, en la habitación once, hay una mujer mayor vestida con una bata azul, que todos los días que puede, sale al balcón a darles migas de pan mojado en agua.
Carolina Otero, muere en una habitación prestada y humilde en Niza. Toda una época se nos escapa de las manos, La Bella Otero duerme en la imaginación de los que la vivieron.
Agustina Carolina Otero Iglesias, descansa en paz y para siempre.
Valga, 4 de noviembre de 1868 - Niza, 10 de abril de 1965
Fuente: http://es.geoticies.com/