Flor Loynaz: "una dama o una sombra, ¡sabe Dios!"
Reinaldo Cedeño Pineda
-¡General, soy tu hija, no tu esclava!
Hasta las paredes hicieron silencio. Aquella niña no pasaba de los cinco años, pero no había temblor en sus labios al dirigirse a su padre, Enrique Loynaz del Castillo, veterano de la guerra de independencia cubana, ante el que muchos adultos procuraban bajar la voz.
No podía ser de otro modo.
Su hermana, Dulce María afirma que "no se pudo seguir con ella la antigua costumbre de ponerle una niñera o manejadora. No soportó a ninguna, las arañaba, las mordía hasta que se iban".Y es que Flor era ya todo un bosque en gestación. No pareció bastar un general, y hubo dos, porque su nombre remedó a otro: el gallardo Flor Crombet.
Reconcentró en sí el olor a sándalo de su madre Doña Mercedes, el fuego de su padre y el don especial de los Loynaz. Pero, fatigado tal vez el destino, de prodigar tanto talento entre aquella familia, le exigió su precio: el del amor difícil, mellado siempre; y el de la soledad.
Flor ripostó con una rebeldía absoluta.
Poco diremos apuntando que nació en La Habana en 1908, porque su energía pertenece decididamente a los finales de este siglo, y aún nos parece que podremos caminar con ella hoy mismo.
Tomó parte en las luchas políticas contra Machado, e incluso perteneció al Directorio Estudiantil, pero luego se desilusiona y empieza a mirar la política como un fondo, donde vivir la novela de su vida.
De su puño y mente, diseñó la Santa Bárbara, su mansión en La Coronela, en las afueras de la capital cubana. Se desquitó de los años de concursos poéticos filiales, de la educación finísima y paciente -"parecía coleccionar suspensos"; de los retablos y "orquestas familiares"; de las joyas con las que dormía; de la tía -"dinosauria virgen", devoradora de rosas.
Y se hizo su "atalaya". Buscó el aire, la amplitud, la altura, el jardín; si bien tocó a Felipe levantarlo de la imaginación y de los cimientos. Hallaron empotrado en el segundo piso, uno de sus autos, para que nadie lo dañara. En sus poemas habló del "corazón de acero" y de los hierros con olor a mar.
Actualmente la Santa Bárbara es sede de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano. Cuando a golpe de cincel aquel nombre quiso ser escarbado, Gabriel García Márquez, lo dejó claro: ¡Tendrá ese nombre mientras yo viva!
Vistos apenas a modo de condensación, estos pasajes de su vida, casi es redundante señalarlo, conforman su retrato más allá de intentar atrapar su imagen física -ya de por si tarea titánica-, porque se hurtó a lente y flash.
Inexactas o esquivas, desfiguradas o hiperbólicas, hasta grotescas… se presentan algunos intentos de tomarla como inspiración -remota o más cercana- a ella, o mas bien a su familia, por singular que fuera. Súmese a todo ello, las naturales licencias de la creación, para afirmar que El siglo de las luces carpenteriano, o el cuadro fantasmagórico de Los sobrevivientes, de Tomás Gutiérrez Alea, dejan la sed de reencarnarla un día en el celuloide, con el supremo cuidado de no profanarla.
El rastro de su voz sólo queda en la memoria de los más cercanos, y acaso sobrarán los dedos de la mano para contarlos. Escasas y extrañas han sido sus imágenes públicas conocidas.
Flor no era Flor todavía, en aquella fotografía que la muestra tan joven, el largo traje y el rostro adusto frente al tocador; ni mucho menos en esa otra, infantil, faz contra faz y cabello infinito, con un pie que se refiere a ella y a la hermana, como dos niñas feas.
No podemos tocarla en la imagen exhibida en el volumen Como estrella escondida -publicación póstuma de sus pocos poemas que lograron salvarse-, con la naturaleza a las espaldas, y las facciones núbiles. No podemos alcanzarla cuando aparece recostada a una silla, falta de aliento, más bien depositada allí, cual reina ausente en un decorado.
Sólo es posible saludarla a lo lejos, adivinarle la silueta, cuando asciende la larga escalera de su Santa Bárbara, detenida un instante; como una concesión especialísima, a través del tiempo. No habrá tiempo de verla, descolorida ya, fumándose la vida.
Tendremos que asomarnos al borde mismo de la metáfora; y tal vez con muchísima suerte logremos adivinarle una vida que no le cabía en el cuerpo, pero que se resiste a dejarse plasmar en el papel fotográfico.
Sabía mirar en los animales los ojos de Dios. Arrancó de manos del cocinero dos conejos listos para convertirse en fricasé, compró todas las aves de un establecimiento para liberarlas ante los ojos atónitos del carnicero, y fumigar ¡ni loca!, aunque le tuviera pavor a las cucarachas.
Dedicó todo un soneto a esos seres minúsculos que deshacían su biblioteca:
Libros maravillosos y deshechos
Donde la traza y la polilla un día
Con hambre semejante al hambre mía
Aquí encontraron alimento y lecho
Viviendo estamos bajo el mismo techo
¡y bien conoce Dios cuánto querría aplastaros
a todas a porfía si al corazón no repugnara el hecho!
Mas pienso en vuestras vidas pequeñitas
...................................................................
Es por eso que inclino la cabeza
Y se cruza de brazos mi tristeza
(En mi biblioteca)
La madre tuvo que crear un asilo para perros, porque Flor llevaba a casa a cuanto se encontraba en el camino, sin importar cuantos tuviera ya, y lo siguió haciendo hasta el final de sus días.
Tal vez valga imaginarla en ese instante de concentración suprema, cuando la mente henchida va deprisa y tórnase baldío el esfuerzo por retener las letras sobre el papel. El segundo del rayo luminoso, donde se filtran los dolores, los desamores y el sueño, y empieza a destilar el verso palabra a palabra, con su milagrosa capacidad para ennoblecer las desgarraduras.
Cuando conocí a Dulce María Loynaz en su casa de 19 y E en el Vedado -justamente donde Flor pasó sus últimos días-, hubiera sido imperdonable no asistirme de su autoridad para que valorase la calidad estética de la obra de su hermana, si bien sabía que la pondría en una situación comprometedora. Pero, la Premio Cervantes, demostraría una vez más su agudeza:
"Yo pienso que ella ocuparía con justicia uno de los primeros lugares en la poesía cubana y más allá, no únicamente contemporánea, podíamos remontarnos más lejos; pero la opinión mía no la tendría en cuenta nadie, no sólo porque soy su hermana, y porque estoy muy unida a ella por lazos de sangre, sino además por lazos espirituales profundos que suelen valer más que los primeros".
Con todo, habrá que tener cuidado en definir su vida con la poesía, porque le surgía tan fácil, que parecía tenerla a menos. Se negó sistemáticamente a publicar nada, ni aún pidiéndoselo poetas de la talla de Juan Ramón Jiménez, y el verso le asaltaba como un rasguño en la piedra, y lo estampaba en el papel más próximo, suelto, ya irrecuperable.
Era el inconmovible componente de renunciación propia, que no sería los hilos de la poesía -tan indefinibles- quienes la sujetaran.
Pido licencia para acompañarle a la tertulia consoladora de Pinar del Río, con su batón fuera de tiempo, a la de los nuevos amigos, cuando los viejos han desaparecido –por muerte, o por descuido, o por voluntad-.
Permiso para mirarle los ojos llenos de aquellas arenas de Egipto, frente a las pirámides; hasta para penetrar en su intimidad, levantar el dosel y ver dormida ante nosotros a Flor, una mujer que parece no haber dormido nunca.
Parecería una inconsecuencia su matrimonio -con el arquitecto inglés Felipe Gardyn-, el sometimiento por fin a una convención, si no supiésemos que ella no conocía conchas ni ataduras, más que la que ella misma se hubiera echado por cuenta propia. Querría vivir -o tal vez vivía- como un papalote en la inexpugnable Bolina, su "remota ciudad de Bolina", adonde encontraría el amor que se le había escapado".
Dulce es categórica al respecto: lo "dominaba como un juguete en su mano".
Su pasión no conoció medianías. Más que estudiada, la libertad era su naturaleza, en una práctica siempre rara, la fidelidad a sí misma.
Afincada en la belleza interior -que la visible ya era vasta- se cortó el pelo a ras; y cuando las fuerzas se le salían por los poros, se iba a los bares a tomar ron, pero ¡ay de aquel que se atreviera a una obscenidad delante de ella! Al propio Lorca en sus días habaneros, lo arrastró con ella.
A comienzos de los 40, Flor será huésped de Cruz de Piedra, casa de campo para enfermos mentales. La poesía -ironía o confirmación- , sigue tendiéndole el puente salvador: ".. y a enterrar sus locuras van los locos/ Lo llevan por un camino largo/ sin camino/ hacia blancuras de mármol.../ Callado: lo que fue alarido".
No será demasiado esfuerzo imaginar a sus compañeros de infortunio, y la reacción de desconcierto de quienes le atendían. Tal vez la locura, su locura, era solo "exceso de vida", vista desde nuestra cordura rutinaria.
A veces cascada, cauce desbordado; otras torre de asalto. Nada ni nadie se le pudo imponer; pero sabía brindarse y los testimonios quedan de aquellos que visitaron su casa.
Flor tenía la lluvia de San Isidro Labrador, su primer FIAT, el primero que circuló La Habana manejado por una mujer. Y sabe mirar profundo a la historia o el mito, para discernir al Abel "joven, rosado, rubio del Caín que "se alimentó de fieras, mas nunca probó pan".
Por el ímpetu es la Juana de Arco de nuestras letras. Por adelantarse a su época, la Avellaneda -una muy especial Gertrudis, claro está-. Sólo se me ocurre buscarle similares –si es posible- en estas cimas irrepetibles.
Cuando el cáncer atenazó a Flor, se tragó los ayes hasta que nadie pudo escucharlos. Ya lo habría escrito años antes: "yo no quiero otra sangre que la mía/ ni fuerza ni salud si son ajenas". En las paredes de su cuarto daba gracias al señor: "porque me diste un corazón valiente".
Murió sola en 1985. Unos pocos, poquísimos, asistieron a su despedida. Y ello, sin dejar de ser dramático, era seguramente consecuente, lo había labrado así.
Sin embargo, hay una anécdota, escuchada en alguna parte, quizás consecuencia del mito, o de esos insondables sucesos de la vida, para los que nosotros, mortales, hemos dado en llamar milagro, al no hallar aún explicación válida desde la terrenalidad.
Cuando muere su hermana Dulce María, con todo un pueblo pasando por su ataúd, afirman los más cercanos que por un instante, las facciones de Dulce María eran el vivo retrato de Flor, que sus facciones eran de una coincidencia impresionante.
'''Flor enterrada dos veces; concesión suprema de la hermana mayor, para que Flor recibiese junto con ella, el homenaje de toda la nación allí representada.
Es hora de entrar a Flor por el pórtico grande de la Literatura Cubana. Que su energía inimitable, no obnubile la grandeza cierta de sus versos. Hagamos el rescate imprescindible de una mujer que nos enorgullece de ser humanos.